Nunca he encontrado a alguien que emprendiera el aprendizaje de una nueva habilidad con la meta de alcanzar la mediocridad. Usualmente, al adquirir nuevas destrezas, las personas se comprometen completamente. Es decir, buscan aprender todo lo posible acerca de la recién descubierta habilidad.
La aviación no se aparta de esta premisa. Durante más de un siglo, las personas han experimentado una ferviente pasión por volar. Para saciar esa fascinación, buscan a alguien que posea una aeronave y esté dispuesto a enseñarles todo lo que sabe. Esta dinámica no ha variado desde que los hermanos Wright construyeron su primer avión.
Lo que ha experimentado cambios desde entonces es la amplitud de las capacidades de las aeronaves. Aunque estas se han vuelto más seguras desde el Wright Flyer, también han adquirido una complejidad mayor. Motores, sistemas, aviónica y otros aspectos han propiciado aviones que surcan los cielos a velocidades y altitudes superiores, todo dentro del ámbito de la aviación general.
Iniciando como estudiante piloto, se aprenden los fundamentos primordiales para dominar la nueva montura. Los cuatro principios básicos de vuelo, junto con aterrizajes, vuelos de travesía y maniobras de referencia en tierra, conducen hacia una zona de confort donde se es considerado “piloto al mando”.
Se puede optar por volar en solitario, disfrutando de la nueva licencia y sus privilegios. Inevitablemente, llegará el día en que se alce la vista y se observe un cielo plagado de nubes, momento en el cual se comprende que se requiere algo más: una habilitación de instrumentos. Al invertir esfuerzo y tiempo en obtener esta habilitación, rápidamente se aprecia que se está pilotando la aeronave con mayor precisión y destreza que cuando se era únicamente piloto privado. El vuelo a través de las nubes se torna en una experiencia más segura y confortable tanto para el piloto como para los pasajeros. El sistema de posicionamiento global (GPS) realiza su función, el piloto automático está sincronizado con el GPS, y la cabina se llena de calma y serenidad. La aeronave no ha cambiado; el cambio ha ocurrido en el piloto. Se ha mejorado al adquirir más habilidades.
¿Y ahora qué? Si bien no se desea convertirse en piloto de aerolínea ni instructor de vuelo, ¿por qué debería considerarse la obtención de una licencia de piloto comercial? La respuesta es simple: una licencia de piloto comercial no prepara para volar por contratación; más bien, otorga el permiso para hacerlo. Podría preguntarse: “¿Cuál es la diferencia?” La distinción radica en que la formación recibida para la licencia de piloto comercial moldea a un piloto más competente y seguro. Durante este proceso de formación, se enseña a volar la aeronave cerca de sus límites. Se perfeccionan los despegues y aterrizajes de alto rendimiento, y se instruye sobre cómo enfrentar los vientos cruzados que solo se han leído en los libros.
Es debido a estas habilidades “de precisión” que la Administración Federal de Aviación (FAA) concede el permiso para volar a cambio de una remuneración o por contratación. Se ha demostrado ser un competente piloto al mando capaz de ejercer un control sustancial sobre la aeronave. Este hecho explica por qué muchas compañías de seguros ofrecen primas con descuento a los pilotos con licencia de piloto comercial.
En resumen, debería considerarse obtener la licencia de piloto comercial porque plantea el desafío de convertirse en un piloto superior, más seguro y más competente.





